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Tomás “Trinche” Carlovich, el crack que no quiso ser Maradona y que nos dejó a los 74 años

Autor: Alan González

El fútbol rosarino suele ser un fiel reflejo del fútbol de potrero. Ése que tanto representó al balompié nacional casi como si fuese un paradigma. Ser rosarino es una manera exagerada de ser argentino”, mencionó alguna vez el Campeón del Mundo en México 1986, Jorge Valdano. Hoy, nos dejó una leyenda del deporte madre. Mejor dicho, nos arrancaron. Porque no hay que confundirse, su partida no es más que un asesinato sin escrúpulos. Y resulta irrisorio que se haya ido de esta manera, con su humildad que siempre lo caracterizó y por la cobardía de un delincuente que le arrebató la vida de forma apresurada por el precio irracional de una bicicleta. Algunos dirán, “¿Por una bicicleta?” Sí, porque así era él, un tipo con una sencillez inconmensurable que le gustaba “caminar” su barrio como uno más.

Pero para que aquel no rosarino o desconocedor que lea esta modesta nota entienda la figura que es el Trinche (porque lo seguirá siendo por siempre) es necesario conocer un poco sobre su vida y la leyenda imborrable que dejó.

Comenzó a incursionar en el mundo del fútbol en las inferiores del Club Atlético Rosario Central, allá por los últimos años de la década de 1960. Una época en la cual, tanto como hoy, el Canalla era una máquina incansable de sacar jugadores de gran maestría. Allí se empezó a nombrar a un desgarbado muchacho de pelo largo y de más de un metro ochenta de estatura que hacía maravillas con la pelota.

Sin embargo, su juego no era de la esencia del por entonces entrenador del primer equipo Miguel Ignomiriello, por lo que sólo jugó un partido oficial ante Los Andes. Aunque previamente había disputado un amistoso internacional ante Peñarol de Montevideo. Luego, en 1972 se encontró con el club en el que se transformaría en ídolo: Central Córdoba. Con el “Charrúa” debutó con dos goles mostrando una señal de lo que sería su futuro. Jugó un total de nueve temporadas con ciclos interrumpidos siendo la última en 1986.

Era un jugador atrevido, típicamente rosarino. De barrio y con tierrita en los bolsillos. Muy hábil y con movimientos que desafiaban las leyes de la gravedad. Muchos cuentan que le gustaba jugar con los brazos, pero sin dudas para los testigos de su despliegue era un futbolista con una capacidad nunca vista. Incluso hacía cosas que ni los mismísimos Lionel Messi o Diego Maradona serían capaces. Y éstos no son relatos de mi autoría, si no, declaraciones de compañeros y rivales que tuvieron el agrado de compartir una cancha con Carlovich. Se le atribuyó el doble caño, que consistía en hacerle un “túnel” al oponente y luego realizarlo nuevamente a la misma víctima en sentido contrario volviendo a la posición inicial. Típico de potrero, su estilo vivía entre enganches y gambetas. Lento desde lo físico pero con una velocidad mental envidiable.

La leyenda del Trinche quizá alcanzó su punto máximo en aquel 17 de abril de 1974, cuando en el viejo estadio de Newell’s Old Boys la Selección Argentina decidió jugar un encuentro de carácter amistoso ante un combinado rosarino previo a su viaje a Alemania para participar del Mundial de ese año. Aquel día quedaría marcado a fuego como uno de los momentos más icónicos del fútbol de Rosario. Para aquel combinado rosarino, dirigido por los entrenadores Juan Carlos Montes y Carlos Timoteo Griguol, participaron cinco jugadores de Newell’s, cinco jugadores de Central y un mediocampista de Central Córdoba que para la prensa porteña era “un distinto” pero de igual manera un desconocido. Ese anónimo era el Trinche y estaban a punto de sufrirlo. “¡Qué baile, compañero…!” rezaba un popular diario nacional el día después. Y no fue una exageración. Según los testigos de aquella puesta en escena, fue una clase de fútbol. Al punto de que los mismos protagonistas confesaron que un integrante del cuerpo técnico argentino “visitó” en el entretiempo el vestuario de los locales para pedirles que bajaran un cambio porque estaban “desanimando a los muchachos” tras ir perdiendo por 3 a 0. Ese cambio tenía nombre y apellido. Un zurdo con singular habilidad que le hizo pasar una pesadilla a los albicelestes. El mismo Aldo Pedro Poy, que jugó en esa ocasión para Argentina admitió: “Nos comimos un baile bárbaro. Seguramente si ellos iban a Alemania hubieran hecho mejor papel que nosotros”. Años más tarde, César Luis Menotti, quien nunca lo perdió de vista, lo convocó para el combinado nacional pero él nunca fue. Según el DT, se escondió en isla y se fue a pescar. “Le gustaba más jugar a la pelota que ser profesional”, expresó. Algo que el propio Tomás Felipe siempre se encargó de desmentir.

Era tanta la admiración que despertó Carlovich en los futboleros, que acudían al Gabino Sosa solamente para verlo a él. La consigna antes de entrar al estadio era “¿hoy juega el Trinche?” Tan así, que en una oportunidad se fue expulsado y tanto la parcialidad local como visitante comenzó a reclamar su retorno. “Vuelve al campo o me matan”, fueron las palabras del árbitro. Aunque parezca mentira o se asemeje a un relato de un tanto exagerado, son todas historias revalidadas y confirmadas por grandes figuras del fútbol. Como cuando Diego Armando Maradona firmó para Newell’s en 1993 y al ser alagado por un periodista, él mismo se encargó de decir: “El mejor jugador de la historia ya jugó en Rosario, fue un tal Carlovich”. Y cuando el “Diez” volvió a Rosario en febrero bajo la conducción técnica de Gimnasia y Esgrima de La Plata, pudieron encontrarse en un hotel céntrico firmándole una camiseta de Central Córdoba con la leyenda “De Maradona para el Trinche, que fue mejor que yo”.

La razón por la que no trascendió como futbolista fue su espíritu amateur. Siempre prefirió jugar en equipos del ascenso y no le gustaba la idea de tomar el fútbol como un trabajo. No era amante de los entrenamientos. Sólo le importaba entrar a la cancha y jugar simplemente a la pelota. Fue un elegido. Un tocado por la varita. No necesitó de ningún tipo de adaptación para jugar este hermoso deporte. Y por eso además de leyenda es símbolo. Un tipo con cualidades futbolísticas que adquirió en el momento de su concepción.

El Trinche nunca supo de mi existencia. Simplemente me tomé una foto con él. Y más de una vez pasé su lado sin despertarle la atención cubriendo alguna que otra transmisión en el Gabino. Pero hoy siento que me arrancaron un pedazo de fútbol. No sólo a mí, no sólo a los rosarinos, sino también a todo futbolero de ley. Su mundo giró en torno a la sencillez, a la humildad y, por supuesto, a la redonda. Ese pedazo de cuero esférico que simplemente nos da alegría y satisfacción. Y que en los pies del Trinche surcaba otro significado. Se merecía otra despedida. Otro final. Un partido más. Como suplicó alguna vez: “Si me dicen que puedo jugar 45 minutos y después me voy para arriba o para abajo, lo firmo. Eso sí, con el Diego”.